viernes, 30 de diciembre de 2016

. ENTRE EL OLEAJE



Obra del pintor alemán Emil Nolde "Moonlit Night". 1914







ENTRE EL OLEAJE


En el crepúsculo dorado
asomada a la curvatura
aventurera del horizonte,
entre irisaciones y oleajes,
entre rosadas nubes,
bañada de yodo y mar,
dulzura, sentido amor,
sentada  en el vértice
balanceante de la luminosa
luna, te encontré.

Tiene tu rostro,
en la oceánica noche,
serenidad; y en tus ojos,
plenos de resonancias
brillan sutiles enredos.

Te peina a pie de silencio,
te prepara para largo viaje,
el singular crepúsculo.

Mientras, la media luna,
girándose repentina,
desciende al mar transmutada
en pujante alígero bajel.

Infinito instante:
                              la conmoción
que el rostro apresa
a través de relucidos olores,
se crece pez deslizándose
por el luminoso océano
de entusiasmo y vida. 


“SOLEDADES” (Provisional)
 Cuaderno  XVIII
(Del 04 de febrero de 2013, al 12 de enero de 2014)
©Teo Revilla Bravo.



miércoles, 28 de diciembre de 2016

POESÍA Y AMOR




El collage de "Walt Whitman", es de Karyn Huberman.         ​
"El Poeta". Retrato de Eugene Boch, Óleo     sobre lienzo de Vincent Van Gog.



POESÍA Y AMOR 

“Si una mujer comparte mi amor/ mi verso rozara la décima esfera de los cielos concéntricos / Si una mujer desdeña mi amor/ haré de mi tristeza una música/ un alto rió que siga resonando en el tiempo/escribió morosamente Borges.

La poesía y el amor, para Octavio Paz, brotan de una fuente común y confluyen en una misma experiencia; son el retorno a la unidad perdida, y van recomponiendo todo lo que el lenguaje rompe por medio de etiquetas defectuosas. El poeta cree en el poder de la palabra, porque cree en el poder del amor. La poesía, como el amor, es un encantamiento, es el deseo realizado a través de la palabra –expresión de emociones-, salva distancias, combate la duplicidad y el fracaso, unifica y alienta vida. El amor, al precipitarnos hacia el otro con toda intensidad, nos reencuentra con nosotros mismos. La poesía proyecta el lenguaje en miles de direcciones y hace que la realidad encuentre su espacio de expresión, siendo la apertura explícita hacia logros de libertad y de profundo entendimiento. Los poetas son quienes rompen el corsé de los significados únicos, al escribir poemas por donde respira la realidad y abre vías de entrada al mundo. Y lo hace convocando –alquimia del alma- a uno de sus mejores aliados: el amor. El amor necesita aire abundante y fresco para no asfixiarse, hallándolo en la estética de la palabra, en la sensibilización del lenguaje; o lo que es lo mismo en la poesía, que es sensibilidad y es pasión puesta en todo lo existente. La poesía amorosa es encantamiento; es el poder de aprehensión y verbalización que posee el poeta, es el deseo del desahogo realizado en la palabra, es la emoción, es el filtro necesario, la ternura, la vivencia, abarca todo lo humano.


Los condicionantes y virtudes del lenguaje poético, abren horizontes relevantes que marcan los parámetros de una cosmovisión por donde sacudirse y estremecerse a placer. El poeta escribe por amor, porque el amor, como la poesía, es la prueba concreta de la existencia del hombre, lo que le da fin y sentido. El poeta evoca en la poesía el deseo de espiritualizar el amor –percepción incondicionada-, un estado en que afecte el corazón y a la vez la palabra. Podemos decir que todo poema habla, a través de la erótica del lenguaje, de amor; y que todo amor, se articula y nos introduce –proceso de seducción, instante intenso de fascinación- en la poesía, ahí donde el bardo intenta eternizar el deseo gozoso o los efectos de aquello que fervorosamente siente. En todo caso, pese a la necesidad de dejar constancia del sentimiento, el poema, como el amor, no puede ser descrito ni explicado, sólo sentido y definido en sus propios términos. Ya lo dijo también lúcidamente Octavio Paz: “El poeta no quiere decir: dice.





Barcelona. Noviembre de 2016.
©Teo Revilla Bravo.





lunes, 19 de diciembre de 2016

SUEÑO EN LA CIUDAD DESIERTA




SUEÑO EN LA CIUDAD DESIERTA

La tarde se pone melancólica y parda, estirada por la noche que llega llena de prisa y tristeza; la ciudad flor de luz y sombras balancea sinsabores y espesuras. Camino sin rumbo, quién sabe adónde, por calles que se abren como heridas. La poesía que duele asoma valerosa entre los jirones de sombras esparcidos por avenidas, jardines y paseos. Observo. Como en las grandes panorámicas naturales, todo, con cada paso que doy, va cambiando de tintes y de tonos. Es como entrar en un sueño de pájaros ocultos, espacio donde se entierran muertos y se desbaratan fugaces relámpagos. Triviales malaventuras me acosan. Es la soledad, son las vueltas y recovecos del camino. Presiento silencios y más silencios en esta noche bronca, en la que intento apartarme del miedo buscando atisbos de lucidez mientras siento, acechante, que llega el inevitable olvido. ¿De qué estará hecho el olvido?, me pregunto. Residuos, despojos, cenizas, espacio, tiempo… Quizás se refleje charcos que dejó la lluvia como espejos que me miran insultantes más allá o acá de mí mismo reflejando una nadería empobrecedora. Como miran a la poesía los insensibles. Pobre poesía a la que quisieran estrangular con la bufanda blanca, amagada crueldad, de los oficiales laureles. Sigo. Camino aparentemente impávido por la ciudad desierta. Lo hago entre refulgencias y obscuridades, embriagado de pensamientos y de lobreguez. Una ventana iluminada y otra y otra, dan idea de  encrucijadas humanas, de cierta actividad y vida; un turbio edificio y otro y otro aferrando corazones, forman la interminable metrópoli del desconsuelo; un televisor, una guitarra destemplada, el lloro desgarrado de un bebé, la grieta abierta en el alma enamorada de una joven postrada en la cama de la desventura, la soledad extendiéndose como oscura macha, rostros de mujeres y hombres, historias que empiezan y acaban de mil modos diferentes…
Le doy vueltas a todo sin concretizar nada. Soy una entelequia más, quizás la más absurda. Existo, sí. Sé que existo, no quiero entrar al respecto en dudas, pero como un Ulises desterrado sin Ítaca posible, un misterioso ser atravesando duro desierto, ay dolor e infortunio, sin cuándo, sin antes, sin después. 
Hay un surco abierto en el asfalto a modo de garabato, que me atrae poderosamente la atención. Quizás sea la línea obscura de los versos de Verlaine que desde hace años me persiguen, no lo sé; en tal caso, el camino me desgasta, me obliga a detenerme y buscar un lugar donde reposar con o sin ayuda de la absenta, con o sin Verlaine al lado. Acunado y protegido por los setos de un jardín cercano, por la luna honda y la estrella alta que me miran desde las alturas, acudo al sueño forzoso. Así, introducido en un limbo surrealista, siento que pertenezco a un éxtasis redentor o a una redentora nada.
He cumplido sesenta y cinco años. Sesenta y cinco años y sigo apegado, como en la infancia, a utopías, ilusiones, pinturas, libros, películas, a estímulos y a liberadoras fantasías, aún con la boca abierta ante espejuelos y abalorios que sorprendentes aparecen por doquier, así como a la curiosidad, al desacierto y al desconcierto. La vida desgasta indeleblemente, como por otro lado lo hace la hermana muerte. Hay puertas giratorias que no rotan; contraventanas inoportunas que nunca se abren; caminos fraccionados, imposibles de recorrer; pero también, cielos desplegados que conmueven y nos llenan de belleza y amor, ese amor que necesita aire abundante y fresco para no asfixiarse. Sé que las cosas, los objetos, todo lo que me rodea, jamás sabrán que he existido a su lado rozándolos, tocándolos o sirviéndome de ellos para bien o para mal. Morir es una necesidad que se adquiere con el nacimiento y que nos conduce indefectiblemente a la vida goce, dolorcon la fórmula mágica del artificio embaucador, la misma con que la existencia nos devuelve luego a la muerte. Olvidar el fracaso de la hora última. Olvidarlo todo. Dejar de deambular entre pájaros muertos y ciudades imposibles, e iniciar los caminos que conducen a las estrellas. Regresar al antes del nacer donde todo en nada estaba bien, lograr por fin la inocencia completa fiesta eternal del universo, la simbiosis y la armonía sin destino ni presión.



Barcelona, diciembre, 2016.
©Teo Revilla Bravo.



martes, 13 de diciembre de 2016

LOCURAS




La obra: Pinturas SUMI-E de Miguel Elías para un libro sin murallas



LOCURAS

Locuras abismales. Olas desprendidas del carro de la imaginación 
que se vencen, que se caen por tierra salpicando de polvo
e incongruencias la oleada de pájaros que raudos levantan vuelo
y desaparecen veloces dejando solitario el poblado de la desdicha.

Locuras, cautividades, lunas anchas imposibles, pavor, gesto agrio, 
estallidos de dolor e incertidumbre más allá de las horas, corazones 
asediados por el llanto, la miseria y el hambre.  Risas también, 
que se asoman de repente tras los vidrios rotos animadas
por el sonido peculiar de un relámpago de ilusión que incide 
deslumbrante, misteriosoen el centro mismo de las entrañas.

Locuras. Entidades no fiables del alma que mira con sus ojos bien
abiertos ─el futuro será diferente en imposible mapa, el norte 
prometedor. Cruel disyuntiva quedarse o marchar hacia la vida. 
Anhelo, viento, sol, imposibles manantiales, vagabundaje en la hora 
más temible, desprendimientos o etapas fugaces y definitivas
que a la larga, embellecidas ente los negros velos del amor
y de la esperanza, gimen incesantes e impotentes sobre el rostro 
oculto polvareda tediosa del destierro.


Locuras. Dilemas sin salida, caballo hermoso desbocado y sediento 
trotando malherido en lucha terrible contra los elementos mientras 
va mordiendo el polvo turbio de la extensa llanura, desértica, 
quimérica, llamada libertad.


DESDE EL FONDO 
Cuaderno V. del 4 de octubre de 1978 al 27 de julio de 1980
©Teo Revilla Bravo.



domingo, 4 de diciembre de 2016

“BREVE ACERCAMIENTO A RAINER MARÍA RILKE”



Teo Revilla bravo

"JARRÓN CON FLORES" 2001.









“BREVE ACERCAMIENTO A RAINER MARÍA RILKE”


(Artículo aparecido en la revista La Esfera Cultural, prensa escrita, en su sección de Crítica y Poesía, ampliada de una discreta biografía y de un poema completo que aquí no aparecen)


Rilke personifica al poeta puro –si dejamos que esta palabra exprese su autenticidad-, aquel que encerrado en sí mismo, desde lo más profundo de la soledad y del silencio sólo vive para su obra, la desentraña y nos la ofrece como algo muy superior a sí mismo y a toda otra realidad vital propia o ajena. No es fácil adentrarse en una obra tan profunda y personal como la de Rilke, hay que hacerlo con tiento, con respeto y mimo, y pese a todo siempre nos quedaremos a niveles superficiales. Corremos ese riesgo.

Tanto en los versos como en los segmentos de Cartas y relatos, hay un Rilke oculto, esencial, íntimo. Su visión no se dirige a infinitos lejanos dentro de su éxodo interior, no cimienta o da prioridad esencialmente o estéticamente a una belleza intelectual al uso de su tiempo, no, pero en muchos de sus poemas se refleja un hálito metafísico esencial, y los sentidos de toda su poesía se inclinan hacia la hondura del alma humana. Su universo creativo es siempre contenido, amable, cargado de un equipaje espiritual de gran calado que va iniciando su trayecto emocional directamente hacia la densidad de los sentimientos dejándolos como impresionantes poéticos legados. Rilke pensaba con secreta angustia desde la reflexión:

“En la conciencia nuestra al mismo tiempo sucede               
el florecer y el marchitarnos”.

Fue un hombre que cantó locuazmente al concepto o extensión del mundo que llamamos “lo sagrado”, el misterium tremendum, lo numinoso, las teofanías. Y no es sólo la relación humana y social lo que sacrifica en los altares de su oscuro dios, pues es la vida misma lo que debe consumirse a favor de esa divinidad que es la obra poética. Una obra, la de él, que sobresale con brillo, hallazgos sugerentes, invenciones insólitas e insinuaciones necesarias en poesía que rara vez se dan en prosa con esa sutileza y certeza. La obra contra la vida:
      
       “Vivo mi vida en círculos que se abren
       sobre las cosas, anchos.
       Y tal vez no lograré cerrar el último
       pero quiero intentarlo.
       Giro en torno de Dios, antigua torre,
       giro hacia miles de años,
       y aún no sé si soy águila o tormenta
       o si soy un gran cántico”.

Su influencia sobre la poesía posterior es tan extensa, como indefinida; no ha conocido fronteras entre los poetas que han querido encarnar el sentido existencial de la vida: el dolor innominado, el peligro de existir, la inseguridad de las relaciones y del amor, la presencia de la muerte... Todo ello en vocablos notables y misteriosos…

La lírica intemporal de su obra -textos de inolvidable perfección-, la confusión y el destello vivido desde una humanidad intensa, o aquellas cargadas de pensamiento y visión del mundo -esa poesía esencial de la condición humana-, se yergue inalterada en lo más cambiante de los tiempos. Su obra resiste, resistirá inexhausta, cualquier número de lecturas y de sensibilidades en quienes a sus escritos se acerquen. En él, como precursor, la exacerbación del autoanálisis se convierte en el olvido de sí, en pura mirada, en atención al misterio de las cosas y de esa palabra que revela y que nos deja como legado imperecedero.

Su singularidad  y su fracaso en el amor; sus temores y tormentos continuos, sus viajes de ciudad en ciudad, su relación con la muerte, su intensa religiosidad… Pero son esos poemas en que esa experiencia se consolida y forma, los que tienen la palabra; y la tienen porque son el lenguaje,objeto en que se ha transformado el poeta.

Lírico, poeta muy puro, sus intuiciones han influido posteriormente sobre pensadores. Fue padre y no hijo de filósofos, fue precursor de las sombrías intuiciones de lo abierto, del resistir, de la angustia, de la muerte propia, de la soledad, del riesgo… Rilke es hoy un imperecedero legado. Con casi un siglo de posterioridad seguimos beneficiándonos de vertiginosa actualidad de exploraciones por su universo poético. Rilke es  considerado hoy día uno de los pilares sólidos de la poesía del siglo xx, sin duda uno de los más grandes poetas, pues fue un impulsor, alguien que insufló a toda la poesía contemporánea su contacto doloroso con los problemas del destino humano y con el misterio de la condición del hombre. Supo darle -con la desaparición del yo a favor de la forma, de la obra, del objeto poético- a la escritura poética, un régimen más ascético y puro.

Quizás sea momento –aunque siempre permanece- de reivindicarlo, de traerlo a la memoria como homenaje, de acercarnos a sus versos y sentir la grandeza de una poesía que nunca deja indiferente; por su profundo contenido, por su especial y sugestiva belleza, por su encanto.



Barcelona.-2009.

©Teo Revilla Bravo.





miércoles, 30 de noviembre de 2016

ENTRO EN EL VERSO


Obra de Amador Montes. Oaxaca, México.




ENTRO EN EL VERSO

Entro en el verso como el sediento peregrino entra en el oasis de los cielos. Fuera del verso no cabe nada, se rompe todo contacto que humaniza y descarga, es como si no hubiera hoy ni mañana en este nido de avispas que sin querer habitamos o nos habita.
Aún sabiendo que escriba o no escriba rima, prosa, métrica,

poema asonante o poema consonante, endecasílabos, égloga, madrigal, oda, versos de arte mayor o menor, décimas, sonetos o inspiraciones de composición libres, escribo, voy dejando jirones y jirones de palabras. Y lo hago aún sabiendo que soy mal escritor y por tanto mal poeta, pues el verso, pese a no ser conciso ni claro ni tener normas precisas, se me crece por el alma como una infatigable yedra sobre las paredes de una blanca casa. El verso me hace –ay, Hernández- libre, me pone alas, soledades me quita, cárcel me arranca…
No quiero reglas. No quiero fronteras que me colapsen y me retengan los circuitos del alma, quiero libre circulación. Por eso esta terrible duda de si escribir o no merece realmente la pena. Vaya rollo, te estarás –si lo lees- diciendo, querido amigo. No sigas. Qué más da ser leído o no, me digo yo, si el fin no es otro que desagraviar gramáticas internas que se me descorazonan ellas solas en el alma.
Entro en el verso como el gorrión entra en su nido o el pez en un cardumen o banco de agua: para cobijarme, retirarme, alejar de mí todo ruido desapacible, e intentar lograr y atrapar el inasible silencio…

“SOLEDADES” (Provisional)
Cuaderno XVIII
(Del 04 de febrero de 2013, al 12 de enero de 2014)
©Teo Revilla Bravo