jueves, 16 de marzo de 2017

EL DADAÍSMO O LA NEGACIÓN DEL ARTE.


L. H. O. O. Q.
 La ideología dadaista se sirve de la concepción clásica, adaptando cambios en obras clásicas. En este caso, sobre la Gioconda.




Fuente.
Obra expuesta en Nueva York bajo un seudónimo. Fue criticada por el mismo autor, partícipe así mismo del jurado de la exposición, intentando confundir la realidad y criticar así la forma controladora de la sociedad.




Elasticum; Hausmann.  Fotomontaje que consistía  en la inserción del papel en el dibujo.



Otro fotomontaje, éste de The Engineer, Grosz.




La gran aportación de la imagen dadaista, es la creación de cabezas sin cuerpos, así como la representación del ser humano con forma mecánica, ser con su autonomía oprimida por la sociedad.  Obra "Parade Amourense", de Picabia. 









EL DADAÍSMO O LA NEGACIÓN DEL ARTE.


El manifiesto Dadá nace en el año 1918 con el objetivo, ni más ni menos, que el de hablarnos de la muerte de la belleza.
En 1920 se reunieron en Berlín, una serie de pintores dadaístas bajo el lema “El arte ha muerto” en torno a una exposición de maniquíes coronados con una cabeza de cerdo y vestidos con el uniforme del ejército alemán. Querían con ello hacer valer el carácter antiartístico, antipoético y antiliterario que formulaban, dejando constancia con ello de que no querían fabricar obras de arte en sí, sino crear objetos que lo liberasen de las cadenas tradicionales que, pensaban, amordazaban lo considerado como arte. Ese fue el principal objetivo de Picabia y de los vanguardistas que le siguieron. Según ellos, la obra de arte considerada verdaderamente moderna, no debe de estar hecha por artistas sino por simples hombres. El artista y el hombre, la obra y el objeto… O sea: recoger aquellos utensilios cotidianos de lo más variado, reciclados incluso de las basuras, y presentarlos como obras propias bajo el contexto dadaísta de la negación del arte.
Rebeldía, búsqueda de la subversión, insurgencia, juventud, insatisfacción, desenfreno, apasionamiento… ¿Cómo definirlos? En todo caso un cóctel muy duro sólo apto para almas dolidas, desafiantes e irreverentes. Estas proclamas dadaístas resonaban aún resuenan hoy en los oídos, con un acento agudo y pertinaz, el del grito de la negación sistemática y el de remarcar el fin del arte moderno. Tal actitud los emparentaba con el surrealismo, al cuestionar y considerar relativo todo lo estimado como arte  hasta ese momento. En ello, en la práctica constante de la negación,  encontraron o creyeron poder hacerlo su libertad creadora.
En realidad, fue una cornisa al borde del abismo, una barca a punto de zozobrar. Pero había algo psicológico en esa revolución artística y estructuradora, que pronto precipitó la apertura de una crisis profunda en su seno. Y no era para menos, pues buscaba su camino orientándose hacia el propio presagio, que no era otro que la abolición del arte. Y, ¿qué hacer sin el arte? ¡Qué hay después de? ¿Qué es lo que nos queda? Fue una revolución que podía negarlo todo y a todos, podía protestar, hacer actos irreverentes, reírse en los funerales y llorar en las bodas, doblegar y trastocar todas las reglas de la convivencia, todo era criticable.
Tristán Tzara, que fue quizás el primer abanderado de la causa. Cual gurú del grupo, predicó su verdad que no era otra que el escepticismo llevado a los límites de la razón. Llegó a sentenciar: “Dadá no es nada”. Y no era nada, porque Dadá no era un isnmo. No podía serlo, pues estaba en contra de todos los ismos habidos y por haber. No se buscaba nada, no se quería nada, sólo se estaba en contra de los manifiestos. En ese contexto, las obras no podía durar más de cinco minutos en sus exposiciones, habían de ser fugaces; incluso en las puertas de algunas exposiciones se colocaban palos, para que los concurrentes acabasen a golpes con lo que allí se encontraban.

Algunos claros exponentes del dadaísmo fueron los franceses Francis Picabia pintor y poeta, y Marcel Duchamp escritor y pintor, Man Ray estadounidense, o Hans Richter cineasta alemán.  Todos ellos intentaron hacer catarsis manifiesta de sus sentimientos, de sus contradicciones sin límites ni destellos; fueron esclavos del tiempo que los tocó vivir, un tiempo que los enlazaba a la realidad abrumadora de un mundo pervertido, desarraigado y destruido. Quizás la declaración en 1914 de la Primera Guerra Mundial, tuvo mucho que ver en todo ello.



Barcelona. Marzo de 2017.
©Teo Revilla Bravo.







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